La risa en el estudio era ensordecedora. «Chicos, si esta pequeña acierta siquiera una nota, pondré 50,000 € sobre la mesa de inmediato. ¡Me casaré con ella en el acto!» el presentador prácticamente gritó al micrófono, mirando a Lena como si fuera suciedad bajo sus zapatos. El tipo estaba completamente perdiendo la cabeza, señalando el escenario donde esta chica estaba, completamente sucia y temblando como hojas de álamo. Lena estaba congelada. Se aferraba a su antigua guitarra Western, que solo se mantenía unida por cinta adhesiva.

«Hombre, solo tenía 20 años», pensó mientras los rostros burlones frente a ella se desdibujaban. Desde que sus padres habían muerto en un terrible incendio poco después de su graduación, había estado viviendo en las calles. Esta guitarra destartalada era todo lo que le quedaba. El último recuerdo. Cada mañana luchaba por levantarse del frío suelo en la entrada de la caja de ahorros. «El otro día, un tipo con traje me dijo que me callara en el metro», susurró para sí misma mientras el recuerdo surgía. «La seguridad me echó y amenazó con llamar a la policía.» Había estado al borde del abismo. Entonces, de repente, Jonas y Lisa se le acercaron. «Tienes un talento increíble», le habían dicho, entregándole el volante para el casting.
Kalle, quien dirigía la tienda de conveniencia de la esquina, finalmente la convenció. Había visto la nota, mirado a Lena profundamente a los ojos, y dicho: «Chica, ve allí, tienes oro en la garganta, no seas tonta.» Así que había ido a la enorme torre de cristal en Frankfurt. El portero la había mirado con desdén. El productor Stefan, con su sonrisa forzada de televisión, la había dejado pasar. Y luego, en la sala de espera, comenzó el terror psicológico. «Especialmente esa Vanessa, una perra arrogante, como en el libro de cuentos», recordó Lena. «Inmediatamente comenzó a chismear en voz alta sobre mi olor.»

Y luego el momento de la verdad. El estudio estaba lleno. Millones de espectadores en vivo. Lena se arrastró hasta el escenario. El presentador la examinó de pies a cabeza, revisando la sudadera, las botas, la guitarra basura. Le arrebató el micrófono, sonrió maliciosamente a la cámara y gritó: «¡Bien, amigos, veamos si nuestros oídos no se caen, invitaré a todo el salón a una ronda de currywurst!» El público rugió de risa. En la cabeza de Lena, solo había un pensamiento claro, una chispa en la quietud helada: Los 50,000 euros. Un hogar. Una oportunidad. Cerró los ojos, sus dedos encontraron los primeros acordes en las cuerdas como si fuera por sí mismos. El silencio que se extendió por un instante fue más amenazante que cualquier risa.

